Salitre: Fortuna y maldición entre las arenas del desierto de Atacama

de Raffaele Toniolo

Era la tarde del 21 de diciembre de 1907. Miles de trabajadores, agotados por las despiadadas e indignas condiciones en las salitreras, se reunieron en el colegio de Santa María de Iquique, un lugar que nunca será olvidado, destinado a convertirse en una mancha negra en la historia de Chile. Una lucha común, una huelga contra la opresión de un emprendimiento colonialista que más que ningúna otra marca el período de la «cuestión social». Son las 15.30 horas, llegan las tropas de Roberto Silva Renard, general al servicio del presidente Pedro Montt y emblema de la represión contra las manifestaciones de la clase obrera. Un día triste para Chile, un día de masacre que marcó inevitablemente la historia de las condiciones mineras del país: más de 2000 víctimas entre hombres, mujeres y niños.
Duro trabajo, malas condiciones sanitarias, bajos salarios y alimentación al límite de la subsistencia. Estas eran las condiciones con las que todos los trabajadores estables de las grandes salitreras tenían que afrontar y que delinean las causas de la llamada «cuestión social», el período entre 1880 y 1920 durante el cual se iban concretizando cada vez más manifestaciones y huelgas contra los problemas sociales de la clase obrera y no obrera. Teatros, escuelas, iglesias, tiendas de productos de primera necesidad y espacios públicos hicieron de estas «oficinas salitreras» verdaderos centros industriales casi autosuficientes, creados con la intención de convertirse en el hogar permanente de cientos de familias chilenas, bolivianas, peruanas y argentinas, convirtiéndose así en la única realidad de la vida para estas personas. Fue en ese período, en particular de 1890 a 1925, cuando el país experimentó el apogeo de la era de la minería de los nitratos. Sin embargo, en general, estamos hablando de un contexto histórico de pobreza y explotación que caracterizó a Chile, Perú y Bolivia durante más de un siglo, desde la construcción de las primeras oficinas en 1810/12 hasta la invención del nitrato sintético en los años ’30 del siglo XX a través del proceso de Haber.
A lo largo de 120 años, más de 200 salitreras han vivido en las regiones de Antofagasta y Tarapacá, en el corazón del desierto de Atacama, ocupando las zonas menos andinas de estos grandes territorios desérticos.
Hoy en día todavía es posible hacerse una vaga idea de esta realidad visitando las pocas salitreras que quedan en pie, que a los ojos de cualquier turista transmiten la impresión de verdaderos pueblos fantasmas. Además de las de Chacabuco, utilizado como campo de concentración durante el régimen de Pinochet, Pedro de Valdivia y María Elena, dos son las más emblemáticas y las más visitadas por turistas de todo el planeta. Hablo de las salitreras de Humberstone (ex refinería de La Palma) y de Santa Laura, ubicadas a unos 50 kilómetros de la ciudad costera de Iquique, en la que se conoce como una de las zonas más planas del desierto de Atacama, y ​​ambas declaradas monumentos nacionales y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
La única salitrera aún en funcionamiento es la de María Elena, originalmente conocida como Salitrera Coya Norte, utilizada para la producción de salitre a través del sistema Guggenheim. 

Pero, ¿qué es exactamente el salitre? 

«Como el que se quita la ropa en día de frío, o como el vinagre sobre la soda, es el que canta canciones a un corazón afligido.»

El salitre, también conocido como nitrato de sodio, nitro o nitrato de sodio, es un mineral conocido desde la antigüedad, como lo ha claramente demostrado este famoso pasaje del Libro de los Proverbios. Nitrum, como lo llamaban los romanos, quienes lo usaban como detergente natural en sus inevitables baños termales. El verdadero origen del salitre y por tanto el descubrimiento de su verdadera naturaleza y potencial, es una circunstancia que se ha ido perdiendo a lo largo de los siglos que seguramente se remonta a varios siglos antes de Cristo, probablemente en alguna zona de la antigua China o de la antigua Grecia. El aspecto que caracteriza a esta sustancia, una mezcla entre nitrato de sodio y nitrato de potasio que sin duda ha atraído e involucrado la imaginación del hombre desde el mundo antiguo, es su poder altamente explosivo en contacto con el carbón. Estos son dos de los tres ingredientes necesarios para la producción de la mezcla explosiva más antigua utilizada por el hombre. Obviamente me refiero a la pólvora, en la que el salitre es el ingrediente más abundante (alrededor del 75%) y el elemento que actúa como oxidante, revelandose el ingrediente comburente de la mezcla, dejando la naturaleza de combustible al azufre y al carbón. Por tanto, aparte de su uso como propulsor y fertilizante, es fácil comprender el hecho de que a lo largo de la historia el salitre haya sido constantemente utilizado para uno de los contextos que más refleja la naturaleza del hombre: la guerra.
Fue en la primera década del siglo XIX cuando el destino del mercado del salitre y, por tanto, de todo el contexto relacionado a la producción del salitre cambió radicalmente. Me refiero al advenimiento de la industria de extracción y refinación del caliche. Durante más de 100 años se han sucedido tres técnicas en torno a las cuales giraba el perno de la industria salitrera: el sistema de paradas, el sistema Shanks y el sistema Guggenheim. Lo que unía todas estas técnicas ero justo el proceso de extracción y refinación de los depósitos de sal de nitrato, llamado caliche, del quechua «caqui», sal, muy abundante en las zonas áridas o semiáridas de la Tierra. En Chile, el caliche se conoce como «nitro del Chile o nitratina», mezclado con arena y otras sales presentes en la superficie.
Pero, ¿cuál fue el contexto económico real del salitre?
Como es bien sabido, Chile es un país que durante siglos ha atraído la curiosidad de inversionistas de todo el mundo con la intención de valorizar y explotar el enorme potencial minero del país. En las últimas décadas, debido a la creciente demanda y uso de conductores eléctricos y baterías para los más variados contextos industriales, la explotación del gran territorio septentrional ha girado alrededor de dos productos del preciado desierto de Atacama: el cobre y el litio (sí recomienda leer el artículo «Fiebre del cobre y del litio – La amenaza ambiental»). Sin embargo, a finales del siglo XIX las cosas eran muy diferentes y gran parte del mercado económico giraba en torno a ideas elaboradas por mentes europeas. En ese momento, Chile era un país completamente diferente de lo que es hoy, un país escasamente poblado y muy pobre que, recordemoslo, solo obtuvo la independencia de España en 1818. La noticia del descubrimiento de grandes depósitos de salitre en el desierto de Atacama tardó poco para cruzar el gran Océano Pacífico. La del salitre fue considerada como la oportunidad largamente esperada por muchos inversores europeos de la época, el momento ideal para dar rienda suelta a las inversiones en minas extranjeras. Las salitreras son, de hecho, el resultado de un cambio radical en el sistema económico del país, que hasta las últimas décadas del siglo XIX había estado regido por un contexto predominantemente agrario y que, a partir de 1884, vio enormes flujos migratorios desde el campo hacia los nuevos centros mineros, encontrándose casi totalmente sumergido en las incesantes intenciones inversoras de las mentes europeas que, durante buena parte del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo siguiente, reconocieron en el salitre una verdadera fortuna.
Pero, ¿cuál era el objetivo de estos emprendedores?
Enriquecerse a través de la explotación territorial y humana, en un país aún impotente y a la total merced de sus intenciones, ofreciendo la posibilidad de enriquecer el potencial bélico del propio. Estos «dueños del salitre» eran de diversas nacionalidades: Chile, Perú, Bolivia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, Italia, Francia e incluso Croacia. Pero, como explicaré brevemente, fue en torno a los ideales económicos británicos que toda la industria del salitre giró más.
El salitre representó así la excusa perfecta para que estos emprendedores procedieran con grandes inversiones en el mercado, dándoles la oportunidad de apropiarse de una buena porción de la economía chilena e incluso logrando controlar el monopolio mundial de los nitratos en tres localidades: Bolivia y Perú, de 1830 a 1884, y luego en Chile, en el período comprendido entre 1884 y los años ’30 del siglo XX, durante el cual el mercado del salitre se convirtió en la principal actividad económica del país.

En este punto, pueden surgir unas preguntas. ¿Por qué Chile experimentó su apogeo económico de los nitratos a partir del 1884 y no antes? ¿Qué esconde esta famosa fecha histórica?

Para poder responder a estas preguntas sin demasiadas palabras, es necesario dar un paso atrás al período en el que el mercado de los nitratos en Chile estaba lentamente ganando impulso. Como ya se mencionó anteriormente, en ese momento el país era muy diferente de lo que nos parece hoy, no solo desde el punto de vista económico y social, sino también desde el punto de vista territorial. En el período comprendido entre 1830 y 1879 las actuales regiones septentrionales de Antofagasta y Tarapacá, en cuyos territorios se concentraba la gran mayoría de las oficinas salitreras, de hecho se compartían entre Chile, Perú y Bolivia según dos tratados internacionales estipulados en 1866 y en 1874 entre Chile y Bolivia, en el que los únicos temas que se trataron fueron el establecimiento de las respectivas fronteras territoriales en el desierto de Atacama, la explotación de los yacimientos de guano existentes a lo largo de la costa y, en fin, el gravámen a las exportaciones mineras y, por tanto, casi exclusivamente al salitre.
Sin entrar en detalles, el tema en torno al cual gira la disputa entre estos países fue el aumento del impuesto que fijó el gobierno de La Paz sobre los recursos extraídos por Chile en el territorio que aún pertenecía a Bolivia, al que obviamente Chile decidió no someterse. La cancelación del aumento de este impuesto y el reclamo de las salitreras pertenecientes a la empresa chilena CSFA (Compañía Anónima de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta) por parte del gobierno boliviano es reconocida como la causa real de las hostilidades.
En la mañana del 14 de febrero de 1879, la ocupación de la ciudad de Antofagasta por las fuerzas chilenas dará definitiva luz verde al conflicto más sangriento y sufrido en la historia de esa parte del mundo, solo superado por el brutal y aterrador episodio de los conquistadores. Me refiero a la Guerra del Pacífico de Chile o, más comúnmente y, en mi opinión, más correctamente denominada «guerra del salitre», conflicto que duró 4 años y medio librado entre Chile, Bolivia y su aliado Perú, en el nombre de la hegemonía comercial en los territorios más ricos del desierto de Atacama. Las hostilidades terminaron definitivamente el 20 de octubre de 1883 y vieron a Chile salir victorioso con la consecuente conquista de las regiones disputadas entre los países y que, en términos numéricos, corresponden a 400 kilómetros de costa, desde Antofagasta a Arica, y 120.000 kilómetros cuadrados de territorio desértico. Bolivia, al renunciar a la rica región de Antofagasta, perdió para siempre su acceso directo al Océano Pacífico, mientras que Perú tuvo que renunciar a las regiones de Tarapacá y Arica y Parinacota.
Corría el año 1884, año en el que Chile consiguió la definitiva hegemonía comercial sobre el salitre y cualquier otro recurso mineral escondido por las arenas coloreadas del gran desierto. La adquisición del control indiscutible de toda la costa del «Cono Sur» (excluyendo la Patagonia disputada con Argentina) permitió a Chile apropiarse también de uno de los mejores fertilizantes naturales entonces conocidos, el guano, cuyas propiedades como excelente fertilizante dio esperanzas de una recuperación de la fertilidad de las agotadas tierras de la vieja Europa. Por fin había llegado el momento tan esperado por muchos inversores europeos y sudamericanos.

Intentemos, por tanto, trazar las características del mercado de los nitratos en Chile.
¿Cuáles fueron sus características y qué papel desempeñó Inglaterra en todo esto?
Entre 1895 y 1899 se registró la existencia de 48 oficinas salitreras; entre 1910 y 1914 este número casi se había triplicado a 118 oficinas. Estos simples datos nos hacen comprender claramente que la mayoría de las salitreras construidas en la historia de Chile tomaron pie en tan solo 30 años, considerando el final de los conflictos como el punto de inflexión decisivo para las grandes inversiones europeas. El mercado del salitre es considerado una de las realidades comerciales más impuras de la historia de América del Sur. Esta consideración se origina en las modalidades en las que el mismo mercado minero se sustentaba, un mercado que, sin duda alguna, permitió a muchos emprendedores enriquecerse más allá de cualquier límite, a través de la venta relacionada a las exportaciones del preciado mineral, tanto que hasta se acabó considerandole y llamandole «oro blanco». Las enormes inversiones europeas y sudamericanas junto con los gravámenes a las numerosas actividades mineras en territorio chileno, representaban las verdaderas fuentes de ingreso para el país, que en poco tiempo reconoció al salitre como una extraordinaria oportunidad. Pero todo este círculo económico esconde otra verdad. Es cierto que Chile explotó este próspero mercado para enriquecer sus bolsillos, utilizando sus ingresos para estimular el desarrollo económico del país concentrándose en la industria, la educación y la construcción. Y así fue. Pero la realidad es que ese mercado giraba íntegramente en torno a los intereses europeos, especialmente a los de Inglaterra que, además de ser el centro económico más grande y activo del mundo conocido, más que ningún otro país dictaba las reglas del comercio, del sistema para adoptar a las reglas que se debían observar. De hecho, la mayoría de las mercancías, de los comerciantes, de los barcos y de los mismos fletes eran ingleses, que fueron entre los primeros en llegar a ese remoto mundo de ultramar. Aprovechando los importantes ingresos que acababan en las cajas del Estado chileno, las representaciones europeas acabaron involucradas en el sistema dictado por la corona inglesa que establecía la fijación de capitales, utilidades y precios en libras esterlinas y no en la moneda de Chile, el peso, moneda que, al no estar basada en el oro, encontró consistencia sólo en la venta de letras de cambio y giros en libras esterlinas. Las inversiones de los empresarios británicos no solo tuvieron un fuerte impacto durante las dos últimas décadas del siglo XIX, sino que, como sucedió a menudo, muchas empresas mineras de otras nacionalidades basaron sus negocios en el capital británico. Este control indiscutible del mercado, considerando la notable cantidad de mercaderías en venta, tenía la ventaja de provocar incluso un aumento imprudente de la tasa de cambio entre la libra esterlina y el peso chileno, tasa que, obviamente, resultaba favorable a la libra. Por lo tanto, a medida que aumentaron las ventas, el tipo de cambio fluctuó a valores mucho más altos, lo que resultó en compras embolsando mucho menos pesos por libra de lo que correspondía a un tipo de cambio promedio. Para los países europeos proveedores de capital esto significó obtener una gran ganancia en moneda extranjera, pero al mismo tiempo esta realidad se convirtió en un daño «silencioso» para las cajas del Estado que, a pesar de conocer bien el fenómeno, no hizo nada por regular el mercado, encontrándose impotente y a la merced del sistema establecido. Este fue el eje en torno al cual giró la naturaleza «libre» del mercado del salitre.
Las cosas siguieron de esta forma hasta los años ‘20, cuando las lentas metodologías de las oficinas salitreras entraron en competencia con los laboratorios alemanes, los primeros en descubrir y dedicarse a la producción de salitre sintético, el futuro de este «oro blanco». Lentamente, el mercado de salitre sudamericano también estaba llegando a su fin, con la disminución de las ventas y el progresivo cierre de las salitreras, dejando a decenas de miles de trabajadores en la miseria, en un país cuya moneda perdió aún más su valor por la falta de libras esterlinas en circulación.
La Gran Guerra, el conflicto por excelencia, fue el último contexto bélico real tras el que reinó el mercado del salitre, en el que miles de pobres familias vieron en el salitre su esperanza de trabajo, de vida, y que ahora son solo un recuerdo indisoluble.

Raffaele Toniolo

Hola, me llamo Raffale Toniolo y soy un Travel Designer. Nací en Vicenza, en Italia. Chile es mi destino, mi especialización. Es el país en el que he reconocido en el desarrollo de itinerarios de viaje y en el acompañamiento de viajeros, mi contexto ideal. ¡Bienvenidos en el Desierto de Atacama!

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